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Una cigarra y una lechuza

Una cigarra y una lechuza. Adaptación de la fábula de Fedro.

 Érase una vez una lechuza que tenía su vida perfectamente organizada. Las mañanas las dedicaba a realizar tareas domésticas, especialmente a organizar la despensa y limpiar el nido. Por las tardes, se divertía con sus amigos hasta que el último rayo de sol se escondía en el horizonte. Era entonces cuando comenzaba a buscar alimento a lo largo y ancho del bosque. Moviéndose con agilidad y precisión en la oscuridad, cazaba insectos, arañas y gusanos hasta pasada la medianoche. Después, regresaba a su agujero en el viejo árbol y dormía siete horas de un tirón.

La lechuza era feliz hasta el fatídico día en que una nueva vecina se instaló en el árbol de al lado para amargarle la existencia. Y es que, por desgracia, se trataba de una cigarra aficionada a cantar sin parar por la noche, desde que salía la luna hasta el amanecer. Su llegada causó muchos problemas, ya que la machacona y eterna cantinela impedía a los animales conciliar el sueño. De todos ellos, la más afectada fue la lechuza, por ser la que vivía más cerca. La pobre empezó a levantarse por las mañanas con fuertes dolores de cabeza, dando trompicones y completamente desganada. La tortura que suponía no poder descansar estaba acabando con sus fuerzas.

Harta de soportar el irritante canto, una noche le gritó desde dentro de su nido:

  • ¡Cállate ya, cigarra! ¡Eres insufrible!

Al escuchar la queja de la lechuza, la cigarra se ofendió muchísimo. Se sentía orgullosa de sus preciosas serenatas nocturnas y le pareció de mal gusto que una desconocida criticara su inmenso talento. Ignorando la petición, siguió canturreando.

  • ¡Maldita seas, cigarra! ¡No lo aguanto más! ¡Estoy agotada y necesito silencio para poder dormir!

La cigarra, en vez de disculparse por las molestias, subió los decibelios. El  chirrido que produjo penetró en el cerebro del ave y estuvo a punto de producirle un ataque de nervios.

  • Te ruego, te suplico, te imploro… ¡que te calles! Por favor, cigarra, ten compasión de mí.

Su plegaria fue en vano. La cigarra se sentía tan humillada, tan insultada por el desprecio de la lechuza que, para fastidiarla todavía más, llevó al límite el volumen. La melodía retumbó en la noche y la lechuza no lo soportó más.

  • ¡Esto se acabó! Si no atiende a razones por las buenas, lo hará por las malas.

Frunciendo el ceño, se tapó los oídos para poder concentrarse y elaborar un plan infalible. Gracias a su gran inteligencia, enseguida encontró la manera de poner fin a la desagradable situación.

  • ¡Ya lo tengo! Ese insecto vanidoso e impertinente va a enterarse de quién soy.

A pesar de que estaba muy fatigada y las ojeras le colgaban hasta el pecho, logró reunir fuerzas para ir hasta la rama donde estaba posado el odioso bicho.

  • ¡Vengo a decirte que me rindo! ¡Tú ganas!

La cigarra dio un respingo, sorprendida ante el cambio de actitud de la lechuza. Por un momento, dejó de molestar con su canto y contestó con satisfacción:

  • ¡Es lo mejor que puedes hacer porque yo no pienso ceder! Soy una artista y necesito practicar durante horas para convertirme en una diva de la canción.

La lechuza apretó la mandíbula para contener la ira y se esforzó en suavizar la voz para parecer amigable.

  • Tranquila, lo entiendo. A partir de ahora seremos buenas vecinas, ¿de acuerdo?

La cigarra dio un saltito de alegría y aplaudió con las alas.

  • ¡Me parece genial!

La lechuza sonrió para sus adentros. ¡La cigarra había mordido el anzuelo!

  • ¡Vayamos a celebrarlo en mi casa! Podrás cantarme alguna de tus canciones mientras brindamos por nuestra amistad. ¡Tengo guardado un néctar exquisito que me encantaría compartir contigo!

En cuanto la cigarra escuchó la palabra ‘néctar,  perdió el sentido. ¡Nada en la vida le gustaba más que saborear un fresco y dulce jugo de flores! Por supuesto, aceptó el ofrecimiento sin dudarlo.

  • ¡Genial! Te cantaré una copla muy alegre que compuse hace una semana. ¡Es la pieza más especial de mi recital!

¿Copla muy alegre? ¿Pieza especial? ¡Si no sabía más que repetir el mismo ruido enloquecedor todo el rato! Haciendo un esfuerzo inmenso para no soltar un improperio, la lechuza sonrió cínicamente y le dijo:

  • ¿A qué estás esperando, amiga? Sígueme.

El ave voló hasta su hueco en el árbol y esperó pacientemente a la confiada cigarra. Minutos después, la vio trepar por el tronco y llegar sin aliento hasta la puerta de su hogar.

  • ¡Hola, compañera, ya estoy aquí!

En cuanto la cigarra estuvo a sus pies, la mirada de la lechuza se llenó de desprecio.

  • Sí, ya estás aquí, pero por poco tiempo.
  • ¿Eh? ¿Qué dices? ¡No entiendo!
  • ¡Que ahora mismo voy a mandarte a la otra punta del bosque!

La cigarra no pudo decir nada más porque, en ese mismo momento, la lechuza pegó un soplido tan fuerte que la mandó por el aire hasta el otro lado del río. Como las cigarras vuelan distancias cortas y no saben nadar, era la única forma de asegurarse de que jamás pudiera regresar.

  • ¡Hala, a dar la murga a otra parte, bicho insoportable!

Entonces, respiró profundamente y experimentó una increíble sensación de paz.

  • ¡Qué maravilla poder escuchar de nuevo del silencio de la noche! ¡Por fin todo vuelve a ser como antes!

Y, sin más, se metió en el nido y se acostó para disfrutar de un merecido descanso.

Moraleja: Esta historia nos recuerda que las personas vivimos en sociedad y debemos respetar las normas de convivencia. Trata siempre bien y con respeto a los demás.