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La rana y el escorpión

La rana y el escorpión. Adaptación de la fábula de Esopo

Érase una vez un escorpión que, una mañana de verano, emprendió un viaje para ver a un familiar que vivía al otro lado del bosque. El camino era largo y tortuoso, pero no le preocupaba porque estaba acostumbrado a moverse por todo tipo de terrenos. Durante horas y bajo un sol abrasador se subió a empinados peñascos, atravesó dunas de arena y caminó entre la maleza del bosque sin ningún tipo de contratiempo. Pero sucedió que, cuando le faltaba poco para llegar a su destino, apareció frente a él un gran estanque que le cortaba el paso.

  • ¡Oh, no! ¡Qué mala suerte!

El agua estaba en calma y el estanque parecía un espejo, pero al escorpión le aterró la idea de tener que cruzarlo porque no sabía nadar.

  • ¡Qué pena! Me temo que tendré que regresar a casa.

En ese momento, una simpática rana que pasaba por allí escuchó sus lamentos.

  • Hola, amigo escorpión. Si quieres yo puedo llevarte al otro lado. ¡He nacido en esta orilla y soy una experta nadadora!

El escorpión miró fijamente al húmedo y verde anfibio de ojos saltones.

  • Eres muy amable, ranita, pero fíjate bien en mí: soy un peligroso escorpión y creo que no podría resistirme a picarte. Aunque no quiero hacerlo, está en mi naturaleza.

La rana se quedó callada, pensativa. Tras un minuto en completo silencio, le respondió.

  • Es cierto que si me picas tu veneno me matará al instante, pero tú también te ahogarás porque no sabes nadar. Como ves, ambos saldríamos perdiendo. Por eso, amigo, confío en ti y sé que no lo vas a hacer.

El escorpión pensó que la rana tenía razón.

  • Lo que dices tiene lógica, así que acepto tu propuesta.

La rana se tumbó en la hierba para que el escorpión trepara por sus patas y se acomodara en su espalda.

  • ¿Estás listo? ¡Vamos allá! No tardaremos más de diez minutos.

Dicho esto, se sumergió en el agua fría y comenzó a nadar con la agilidad de siempre porque el insecto que transportaba pesaba muy poco. Al principio, todo fue a las mil maravillas, pero, al llegar a la mitad del arroyo, el escorpión entró en pánico. Ver tanta agua a su alrededor le puso tan nervioso que perdió el control y, sin querer, picó a la rana.

La pobre, al sentir el afilado aguijón, solo pudo exclamar:

  • ¡Ay! ¿Qué has hecho, insensato?

Fue lo último que dijo antes de que los dos comenzaran a hundirse lentamente en las profundas aguas del estanque.

  • Lo siento mucho. Te advertí que no tenía intención de picarte, pero no he podido evitarlo porque soy un escorpión.

Moraleja: Esta historia nos enseña que todos tenemos una esencia propia que marca cómo nos comportamos en la vida y con los demás. Es algo que pertenece a nuestro yo más íntimo, que nos define y que nunca cambia.