La mariposa y las abejas
La mariposa y las abejas. Adaptación de la fábula de Godofredo Daireaux.
A Yara, la simpática mariposa de colores, le encantaba revolotear por el campo y posarse sobre las flores para sentir la suavidad aterciopelada de los pétalos. Para ella, ambas cosas eran muy divertidas, pero, a decir verdad, no las consideraba su pasatiempo favorito. Si podía elegir, lo que más le entusiasmaba hacer en los días de primavera era visitar a sus amigas las abejas. ¡Le encantaba observar lo bien que trabajaban, todas juntas y perfectamente organizadas!
- ¡Venga, chicas, que ya os queda poco! ¡Sois las mejores!
Era tal su admiración que a veces se lamentaba de haber nacido mariposa.
- ¡Es increíble todo lo que hacen! No como yo, que soy una inútil.
De tanto acudir a la colmena, la curiosa mariposa aprendió las sofisticadas técnicas de las abejas para recoger, transportar y almacenar el néctar con el único fin de transformarlo en riquísima miel. Se sabía la teoría al dedillo y, quizá por esa razón, un día, mientras estudiaba sus movimientos, tuvo una idea.
- ¿Y si creo una colmena?… ¡Sería alucinante producir mi propia miel!
Se quedó pensativa un rato hasta que lo tuvo claro.
- Sí, eso haré. ¡Hablaré con mis amigas abejas para que me echen una mano!
Yara esperó a que el grupo hiciera un descanso en la dura jornada para acercarse.
- ¡Hola, chicas! Estoy pensando en hacer algo de provecho y se me ha ocurrido crear mi propia colmena.
Todas aplaudieron, gratamente sorprendidas. Hasta la mismísima abeja reina la felicitó.
- ¡Un proyecto fabuloso, querida Yara! Es estupendo que quieras trabajar.
- ¡Muchas gracias, majestad! Llevo meses viniendo por aquí y sé todo lo que hay que hacer, pero necesito algo de ayuda para empezar. Me preguntaba si puedo contar con vosotras.
Miles de abejas movieron sus alas a la vez, provocando un fuerte zumbido. La reina habló en su nombre.
- ¿Has visto? Eso es un sí. Todas mis súbditas están dispuestas a ayudarte en lo que sea necesario.
La mariposa se emocionó.
- ¡Muchas gracias! ¡Sois maravillosas! Mañana a primera hora vendré a por material para empezar a trabajar.
La reina asintió con la cabeza.
- No hay nada que agradecer, Yara. Sabes que sentimos un cariño especial por ti.
La mariposa movió la alas como si fueran grandes abanicos y se despidió haciendo una preciosa pirueta en el aire. Se fue feliz pensando que, por fin, iba a poder hacer cosas interesantes que dieran un nuevo sentido a su vida.
- ¡Hola! ¡Ya estoy aquí! Como hablamos ayer, necesito ayuda para poner en marcha mi colmena. ¿Alguien me presta un poco de cera?
La mariposa pensaba que un montón de voluntarias dirían que sí, pero, en contra de todo pronóstico, ninguna se acercó.
- Están tan ocupadas que no me han escuchado.
Un poco extrañada, voló hasta el almacén. En la entrada, había una fila de abejas, firmes como soldados.
- ¡Buenos días! Necesito cera para construir las celdillas del panal.
Una de ellas le habló sin dejar de mirar al frente.
- Lo siento, no estamos autorizadas. Nuestra misión es vigilar la puerta para que ningún desconocido entre a robar.
- Lo entiendo. Preguntaré a otras compañeras.
Sin desanimarse, miró a su alrededor y vio a una abeja fortachona transportando cera en una carretilla.
- ¿Podrías prestarme un saquito, amiga?
La abeja negó con la cabeza.
- ¡Lo siento, pero esta cera ya está adjudicada! Ahora mismo voy a entregársela a sus dueñas.
La mariposa suspiró, decepcionada.
- ¡Oh, vaya! Seguiré buscando.
Yara se acercó a una abeja que estaba muy ocupada tapando las goteras de su celda con pegotes de cera de color ámbar.
- ¡Buenos días! ¿Te acuerdas de mí? Como os comenté ayer, necesito ayuda para fabricar mi primera colmena. Verás, con un poco de cera me basta para empezar a levantar los cimientos, así que…
La abeja le impidió acabar la frase.
- Lo siento, pero no puedo darte ni una pizca. Tengo la cantidad justa para acabar la obra.
- ¡Oh, qué contrariedad! Bueno, preguntaré a tu vecina.
La anciana abeja que vivía al lado era encantadora y Yara la apreciaba un montón. Nada más llamar a su puerta salió a recibirla.
- ¡Hola, Yara! ¿Qué te trae por aquí?
- ¡Buenos días, señora! Ayer anuncié que quería crear mi propia colmena ¿Lo recuerda? Si es tan amable, me gustaría que me regalara un poco de cera para empezar a construirla.
La abeja, con cara de pena, aseguró que no le quedaba ni gota.
- Imposible, chiquilla, imposible. No tengo ni para mí.
- Está bien… Gracias de todas formas.
Cuando la abeja cerró la puerta en sus narices, un enorme sentimiento de tristeza invadió a la pobre Yara. Todas las abejas le habían prometido ayuda, pero, a la hora de la verdad, le estaban dando la espalda.
- Sin ayuda de las abejas no voy a poder construir la colmena, pero eso no es lo peor: lo que más me apena, lo que realmente me duele, es haber descubierto que no son mis verdaderas amigas.
En ese mismo momento, Yara se resignó a abandonar su sueño, pero también decidió que jamás volvería a visitar a las abejas que la habían engañado.
Moraleja: Las palabras se las lleva el viento. La verdadera amistad requiere un esfuerzo personal y se demuestra con hechos. Presta tu tiempo y tu ayuda a las personas que quieres.