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El buen consejo

El buen consejo. Adaptación del cuento popular de la India.

Todos los días, justo después del amanecer, el leñador Tarak acudía al pinar que había cerca de su casa. Una vez allí elegía un árbol, lo talaba, cortaba el tronco y, por último, cargaba todos los leños en su carretilla. Acabado el trabajo regresaba a la ciudad y recorría un montón de callejuelas hasta llegar al taller del carpintero.

El joven Tarak solía entrar por la puerta trasera para descargar la madera en un rincón del almacén. A continuación, se limpiaba las manos en sus viejos pantalones y el carpintero le pagaba el dinero acordado. La cantidad que le daba era muy pequeña, pero Tarak sabía que el pino común tenía   muy poco valor en el mercado. Imposible pedir más por una madera de baja calidad.

Con lo que ganaba poco podía hacer. Sobrevivía a base de patatas cocidas, usaba ropas que parecían harapos y su pequeña casa estaba llena de goteras. A veces, no tenía agua ni para asearse. Pero, curiosamente, Tarak se conformaba. El muchacho creía que su destino estaba escrito en las estrellas desde su nacimiento, que esa era la vida que le había tocado vivir. Por esa razón, jamás se planteaba la posibilidad de cambiar las cosas.

Sucedió que, una mañana, mientras trabajaba en el pinar, alguien se le acercó. Se trataba de un anciano de piel muy arrugada que en su opinión    aparentaba más de noventa años. Lucía una larga barba blanca y caminaba despacito, arrastrando los pies. Cuando pasó por su lado, le susurró al oído:

  • Sigue adelante, muchacho. ¡Sigue adelante!

Eso fue todo lo que dijo antes desaparecer en la espesura del bosque. Tarak se sentó en una piedra. Estaba confundido y necesitaba meditar.

  • ¿Por qué me habrá dicho eso? Parecía un consejo, pero no entiendo el mensaje.

‘Sigue adelante, muchacho. Sigue adelante.’

Estuvo un rato pensando en esas palabras y, finalmente, creyó comprender su significado.

  • Sí, eso es. Quiere que siga sus pasos y pruebe a ir más allá.

Tarak nunca se había atrevido a investigar la parte más densa y oscura del bosque.  ¿Y si había llegado el momento de romper la barrera que él mismo se había impuesto?

Cogió su hacha y, empujando la carretilla, dejó atrás el pinar. Tras media hora caminando, siempre en línea recta para no desorientarse, llegó a un lugar donde crecían, hermosos y fuertes, decenas de árboles de sándalo.

  • ¡Qué maravilla! ¡Son los ejemplares más grandes que he visto jamás!
Con la madera de sándalo no solo se fabricaban los muebles más lujosos de la India, sino que de ella se extraían aceites muy valorados por sus propiedades medicinales. Tarak calculó rápidamente los beneficios que podría obtener.

  • Por toda esta madera el carpintero me dará más de diez monedas diarias. Podré comprarme un caballo, ropa nueva y buenos alimentos para todo el invierno.

La ganancia era indiscutible, pero, pensándolo bien, no todo era de color de rosa.

  • La distancia de aquí a mi casa es grande. ¿Merecerá la pena el esfuerzo?

Tarak estaba en lo cierto: el bosque de sándalos estaba bastante más lejos que su lugar de trabajo habitual y eso suponía un esfuerzo añadido. Sopesó detenidamente la situación y llegó a una conclusión:

  • Si quiero mejorar mi calidad de vida, tengo que intentarlo. ¡No puedo perder esta oportunidad!

La decisión estaba tomada. A partir de ese día, Tarak se dedicó en cuerpo y alma a talar la fabulosa madera de sándalo. Las jornadas eran más largas y agotadoras que antes, pero, gracias a su empeño, logró ganar el doble y pasar menos penurias. Estrenó zapatos, compró herramientas para reparar el tejado y, por fin, pudo permitirse comer pescado tres veces por semana.

Los meses pasaron y, en una ocasión, mientras apilaba madera de sándalo, recordó las palabras del anciano.

‘Sigue adelante, muchacho. ¡Sigue adelante!’

Justo entonces, algo en su interior le indicó que era el momento de ponerse en marcha de nuevo, de seguir explorando zonas desconocidas

  • Si me salió bien la primera vez, ¿por qué no volver a intentarlo?

Cogió sus bártulos y, en línea recta, se adentró en lo más profundo del bosque. La maleza llegaba hasta las rodillas y las ruedas de la carretilla se atascaban cada dos por tres, pero no se rindió. Siguió hacia adelante hasta que, cuando menos lo esperaba, divisó una cueva medio oculta entre los matorrales.

  • ¿Qué habrá ahí dentro? Podría ser un refugio de lobos, pero echaré un vistazo.

La entrada de la cueva daba a un pasadizo de techo bajo y sumido en la penumbra. De hecho, tuvo que moverse con la cabeza agachada, despacito y palpando las paredes porque no veía casi nada. Le resultó agobiante, pero ni en broma pensaba retroceder.

  • Tengo que saber qué hay al final.

Enseguida descubrió que el largo corredor desembocaba en una caverna que desprendía un extraño brillo metálico.

  • Pero… ¿qué es esto?

Sus ojos tardaron unos segundos en adaptarse a la tenue luz, pero cuando fue consciente de su hallazgo, empezó a gritar y saltar de alegría.

  • ¡En una mina de plata! ¡Una auténtica mina de plata!

Tarak sintió una emoción indescriptible. Ahora sí, su vida acababa de cambiar para siempre porque ya no volvería a pasar necesidad. Con lágrimas en los ojos, se dijo a sí mismo:

  • Durante años me conformé con lo poco que tenía por no abrir mi mente, por no buscar alternativas. Gracias al consejo de aquel anciano desconocido me armé de valor y dejé a un lado el miedo que me impedía ampliar horizontes. Ahora entiendo que, si no se intenta, nada se consigue.

Y así fue cómo Tarak se convirtió en un hombre rico y, lo más importante, en una persona orgullosa de sí mismo.