Amor sincero
Amor sincero. Adaptación de la fábula de Godofredo Daireaux.
La nutria Lila era el animal más feliz del pantano. La razón de su dicha era que, desde hacía algún tiempo, tenía un pretendiente que la rondaba. Ella se sentía muy halagada porque el tipo en cuestión era un teruteru, el ave más simpática y hermosa de la llanura. Cada vez que aparecía, la pequeña nutria de ojos negros se hacía la interesante y actuaba como si no se diera cuenta de su presencia; pero la realidad es que le miraba de reojo, fascinada por la belleza de su plumaje, sus finas patas de bailarín y el elegante copete que lucía en la cabecita.
- ¡Ole, mi chica guapa! ¡Tú sí que sabes hacer bien las cosas! ¡Eres la mejor!
Lila se ruborizaba y ponía más empeño en la tarea. Que el teruteru apreciara su habilidad en el trabajo le hacía sentirse única y especial.
El pájaro se hizo tan presente en su vida que acabó enamorándose de él. Cada noche, cuando se acostaba, suspiraba por su amor.
- Es el chico perfecto: guapo, educado, galante… Lo que me extraña es que todavía no se haya declarado ¿Será que es demasiado tímido y no se atreve?
Y justo antes de cerrar sus redondos ojos negros y quedarse dormida, dejaba volar su imaginación.
- Cuando se decida le daré un beso en el pico y aceptaré casarme con él. ¡Voy a organizar la boda más espectacular del siglo!
Pero las semanas pasaron y todo continuó igual; el teruteru siguió acudiendo puntual al pantano para verla y animarla, pero de declararse, nada de nada.
- ¡Qué raro! ¿Qué estará observando con tanto interés?
Sorteó varios matorrales para acercarse sin ser vista y fue entonces cuando vio a una conejita gris que removía la tierra en busca de raíces. Desde arriba, el teruteru la animaba:
- ¡Vamos, guapa, no te rindas! ¡Tú sí que sabes cavar!
La pobre Lila se quedó estupefacta.
- Lleva semanas cortejándome y resulta que le pillo tirándole la caña a otra. ¡Se va a enterar el muy bribón!
Enfadada, la nutria salió de su escondite y lanzó una mirada de fuego al teruteru.
- ¡Eh, tú, pajarraco! ¿Se puede saber qué estás haciendo?
El pájaro miró a la nutria, desconcertado.
- Disculpa, ¿es a mí?
Lila estaba rabiosa.
- ¡Sí, a ti te lo digo! ¿Qué haces piropeando a esa ‘robanovios’?
La coneja, viendo que la cosa empezaba a ponerse fea, optó por dejar a medias la tarea y largarse dando grandes saltos. Por su parte, el teruteru bajó de la rama y se posó junto a Lila. La despechada nutria le echó la bronca del siglo.
- Llevo semanas esperando a que me pidas matrimonio. ¿Cómo tienes la desfachatez de ligar con otras?
El teruteru dio un respingo, sorprendido.
- ¿Ligando, yo?
- ¡No lo niegues! He escuchado todas esas cosas bonitas que le decías. ¡No puedes hacer eso si estás enamorado de mí!
El teruteru empezó a reírse a mandíbula batiente.
- ¡Ja, ja, ja! ¡Ay, que me parto de risa! ¿Enamorado yo de ti?
La pobre nutria bajó la cabeza y un par de lágrimas resbalaron por sus mofletes.
- ¿No es así? ¿No estás loco por mí?
El pájaro fue claro y sincero.
- ¡Pues claro que no! ¡Yo voy a verte y a animarte para que excaves con más ganas!
Lila no entendía nada.
- Pero, si yo no te gusto ¿por qué lo haces?
- Porque cuando remueves la tierra salen a la superficie decenas de gusanos deliciosos. Haces el trabajo por mí y, cuando te vas a casa, me doy el gran banquete.
La nutria seguía sin comprender bien la estrategia del teruteru.
- Entonces ¿por qué le dices lo mismo a la coneja?
El ave se lo explicó.
- Mis gusanos favoritos son los de la orilla del pantano, pero, como debo llevar una alimentación variada, también suelo venir aquí en busca de los gusanos del bosque. ¡Son un poco más secos, pero están riquísimos! Solo tengo que esperar a que la coneja haga un hoyo bien profundo y los deje a la vista.
Lila tuvo que admitir que el teruteru era muy inteligente. Vivir a cuerpo de rey sin trabajar es algo muy complicado y él, gracias a su astucia, lo había conseguido. Pero, al mismo tiempo, su decepción era inmensa. Tenía el corazón roto en mil pedazos por haber imaginado cosas que no eran reales.
Sin ni siquiera despedirse, regresó cabizbaja al pantano. Se había quedado sin el amor de su vida, pero de la amarga experiencia había aprendido una lección importante: hay que tener mucho cuidado a la hora de juzgar los actos de los demás.
Moraleja: A todos nos resulta agradable que nos digan cosas bonitas, que nos hagan sentir especiales, pero, en ocasiones, los halagos pueden ocultar intenciones que no imaginamos.