El agua del paraíso
El agua del paraíso. Adaptación del cuento popular árabe.
Hace varios siglos, en pleno desierto, vivían dos beduinos llamados Harith y Leila. Como todos los beduinos llevaban una vida nómada, siempre a lomos de su escuálido camello bajo un sol abrasador. Vestidos con una vieja túnica de algodón y un pañuelo para proteger la cabeza, se pasaban la vida desplazándose en busca de lugares adecuados donde acampar, cargados con sus escasas pertenencias.
Uno de esos días de travesía se toparon con un pequeño río que no habían visto nunca. Harith se puso muy contento.
- ¡Oh, qué suerte tenemos! ¿Qué tal estará el agua? ¡Vamos a probarla!
Saltaron del camello y se acercaron a la orilla. El agua estaba bastante turbia y arenosa, pero a ellos, acostumbrados a beber aguas putrefactas, les pareció la más deliciosa del mundo.
- ¡Está riquísima! ¿No te parece, querida? ¡Esta es el agua del paraíso!
Su mujer estuvo de acuerdo.
- Cierto, mi amor. ¡El agua de este río es maravillosa!
Los dos bebieron hasta que no les cupo una gota más. Entonces, Harith tuvo una gran idea.
- El agua es tan buena que podríamos recoger un poco para regalársela a nuestro rey Harun al – Rasid.
A Leila le pareció genial.
- ¡Es un detalle precioso! Estoy segura de que le encantará.
Llenaron una bota de piel y la envolvieron con una manta para que conservara el frescor. Después, se subieron a lomos del camello y atravesaron el desierto durante varias horas hasta que consiguieron llegar a Bagdad.
Traspasar las murallas de la ciudad les produjo una gran emoción. ¡Estaban tan ilusionados por presentarse ante el califa y ofrecerle su regalo! Vagaron por las callejuelas empedradas y, cuando llegaron a la puerta principal del palacio, solicitaron una audiencia real. Afortunadamente, Harun al – Rasid se encontraba en su interior y accedió a recibirlos. Harith estaba bastante nervioso.
- Ha llegado el momento, querida Leila. ¡El rey nos espera!
Ataron el camello a un poste de madera y, seguidamente, fueron conducidos por un guardia a un lujoso salón donde el poderoso monarca les esperaba recostado en su trono. Al verlos, los recibió con un afectuoso saludo.
- Pasen, por favor. ¡Sean bienvenidos a palacio!
El rey lucía una elegante vestimenta de seda azul y un turbante rojo bordado con hilo de oro. En su presencia, Harith y su mujer se sintieron avergonzados por su aspecto, pero el rey les trató con amabilidad y respeto.
- Me han comunicado que desean hablar conmigo. Díganme en qué les puedo ayudar.
Ruborizado, el beduino cogió la bota llena de agua y se la ofreció.
- Señor, hemos encontrado un río con agua tan deliciosa que quisimos traerle una muestra para que la pruebe. Le aseguro que más rica no la hay. ¡Creo firmemente que se trata del agua del paraíso!
- ¡Oh, qué amables son ustedes! Se lo agradezco de todo corazón. ¡Veamos qué tal sabe!
El califa cogió la bota con sus enjoyadas manos y, al acercar la boquilla a los labios, sintió náuseas porque el agua olía fatal. Claro que peor fue cuando la probó: su sabor era tan asqueroso que tuvo que esforzarse para no escupirla. Bebió tres sorbos y, aunque le pareció el agua más desagradable que había probado en su vida, se mostró complacido.
- Gracias por recorrer tantos kilómetros para traerme este obsequio. Por favor, esperen un momento. Yo también tengo algo para ustedes.
Tres soldados se quedaron con la pareja mientras el rey se levantaba del trono para dirigirse a la alcoba real, acompañado por su consejero. Una vez afuera, este aprovechó para preguntar
- Majestad, ¿qué tenía esa agua de especial?
El califa respondió con sinceridad.
- ¡Nada! Era agua fangosa, pestilente y sabía a rayos. ¡Jamás había probado nada tan nauseabundo!
El consejero, indignado, se echó las manos a la cabeza.
- ¡Pero qué atrevimiento! ¡Esos dos han intentado envenenarle y deben recibir el peor de los castigos! Mandaré encerrarlos en una celda para que jamás vuelvan a ver la luz del día.
Harun al – Rasid miró a su fiel asesor.
- ¿Pero qué estás diciendo? ¡Esa pareja tiene un corazón de oro!
El consejero abrió los ojos, espantado.
- ¿Un corazón de oro? ¡Pero si le han traído agua fétida! Majestad, son gente de la peor calaña.
El califa le reprendió.
- ¡Estás equivocado! Solo son personas humildes a las que el agua del río les pareció tan buena que quisieron compartirla conmigo. Para nosotros es imbebible, lo sé bien, pero a ellos, que son tremendamente pobres, les parece el agua del paraíso. Y yo agradezco profundamente el gesto tan bonito que han tenido conmigo.
El consejero se quedó en silencio. Entonces, el rey le ordenó:
- Y ahora, vayamos a mi alcoba. Tengo una bolsa con diez monedas de oro que quiero que sea para ellos.
Minutos después, Harun al – Rasid y su ayudante regresaron al salón del tronco para reunirse con el beduino y su esposa. El monarca se acercó a ellos con solemnidad y les habló con absoluta franqueza.
- Quiero corresponderos como os merecéis y por eso os nombro guardianes del agua del paraíso. A partir de hoy, trabajaréis vigilando el río para asegurar que su agua siga siendo tan buena.
Seguidamente, extendió la mano y les dio la bolsa.
- Tomad, aquí tenéis vuestro primer sueldo. Ya no tendréis que vivir yendo de un lugar a otro. Cada mes recibiréis dinero suficiente para compraros una buena casa y vivir en condiciones dignas.
Harith y Leila se abrazaron, locos de felicidad. Preservar el río era un honor inmenso que les sacaría para siempre de la pobreza. Leila dio las gracias al rey.
- ¡Muchas gracias, señor!
Harith, llevándose las manos al corazón, hizo una promesa.
- Nos comprometemos en cuerpo y alma a cuidar el agua del paraíso, majestad. ¡Muchas gracias!
Harun al – Rasid sonrió complacido.
- No hay de qué. He ordenado a mis mejores guardias que les acompañen al río para que su viaje de vuelta sea más cómodo ¡Ahora trabajan para mí y debo cuidarles!
Cuando Harith y su mujer se dieron la vuelta para abandonar la sala, al califa se le escapó una lágrima de emoción. Acababa de regalar a dos personas buenas una vida de felicidad.